Pues porque sí

¡Porque hay males que ya llevan milenios!

¡Porque son mejores cien pájaros volando!

¡Porque incluso en literatura, nada está escrito!

June 21, 2012

El Defenestrado


Primeramente soñada como aquella en que un águila devoraría una serpiente, encontrada en el valle de los mexicas entre  grandes lagunas y dos volcanes nevados al oriente; seguidamente sede de la mítica ciudad de Tenochtitlán, construida sobre islotes artificiales rodeados de agua; luego sede imperial de los aztecas, y posteriormente sede imperial de la Nueva España en el Nuevo Mundo; después conocida como México, luego como Ciudad de México, y tras atribuciones políticas como el Distrito Federal, y tras la pereza normal de la raza como el Defe, y tras la incongruencia entre sus proyecciones soñadas y las resultantes como el Defectuoso, y tras el desencanto mayor como el Defecado, y tras su empecinada supervivencia, ya en nuestros días, como La postapocalíptica: aquella en que contra todo pronóstico bíblico lo peor ya pasó y ha incluso sobrevivido al Fin, mientras todos parecen alardear un poco de ello. 

             De haberla arrojado por una ventana, desde uno de esos edificios ultramodernos que constituyen parte de su proyecto ultramoderno, dicen algunos, habría caído en mejor forma. Pero, dicen otros, de donde cayó sin tregua —aunque dando aviso—, de donde aterrizó sin clemencia, golpeándonos y aturdiéndonos a todos con su estampida, locales y foráneos, fue desde el rascacielos inacabado de la superpoblación. Es inevitable la mención. Como se hace inevitable el encuentro con el elogiado y carismático cronista de la Ciudad de México, Carlos Monsivais, y su serie de ensayos Los rituales del caos.
            Monsivais nos previene: “En el terreno de lo visual, la Ciudad de México es, sobre todo, la demasiada gente”. Pero no es el único. Otros de sus representantes literarios, desde hace mucho, han buscado prevenirnos de ella misma, sea con sus picarescas redentoras, sus novelas visionarias o sus ensayos necropsia. Carlos fuentes, en Cristobal Nonato, nos ratifica el desconcierto: “La ciudad menos inteligente, menos previsora, más masoquista y suicida, más pendejamente pendeja de la historia del mundo”, aquella que “se hundió en su lecho pantanoso y el canal está más alto que el de nuestra mierda”. José Fernández de Lizardi, en aquel texto considerado la primera novela de América, El periquillo sarniento, no incurre en ironías ni exaltaciones cifradas de la misma pero, ya prontito, la asume como centro idóneo de corrupción, vicio, lujuria, en fin, como la ciudad que era a principios del XIX. Todos nos previenen, eso sí, pero sabemos la atracción de lo prohibido y nocivo.

            Queda poco por añadir. Baste decir que la condición postapocalíptica de la ciudad la ubica, una vez más en la historia, en una condición de deslumbrante vanguardia. El Defe no es sólo uno de los referentes culturales urbanos del mundo, ni el espacio de una de las mayores concentraciones humanas. Sus artes plásticas, escénicas, letradas, áreas investigativas, museos, manifestaciones populares, negocios y aventuras arquitectónicas, constatan su lugar en el frente de batalla. Como lo constata, también, su participación en los temas coyunturales del planeta: se acaba el agua, se acaba el abastecimiento local de comida y el problema de la superpoblación no es una cifra abstracta: sólo con montar en metro, un día cualquiera, surgen inevitables las consideraciones sobre el triunfo reproductor de la especie. La vanguardia acá pues, es la vivencia del día a día.

            Y como el relativismo general nos agolpa, no hay mal que por bien no venga. La ciudad ha producido el milagro de la indiferenciación, tal y como podría promoverlo una práctica espiritual holística, en perjuicio, eso sí, de nuestro afán de originalidad, individualidad o autenticidad. Y nos dice Monsivais: “Somos tantos que el pensamiento más excéntrico es compartido por millones. Somos tantos que a quién le importa si otro piensa igual o distinto. Somos tantos que el verdadero milagro ocurre al cerrar la puerta de la casa”.

1 comment:

  1. Afortunadamente tienes una visión optimista de esta urbe caótica que a mí me parece que camina sin rumbo, sin poder recuperar todavía su visión personal de la vida, cercenadas sus raìces, su tronco malamente injertado, con acero toledano, sobre una pestilente herida. Harán falta más tiempo, más conjuros, más plantas divinas, y hombres y mujeres de visión, que sepan trascender y sanar, desde ambas orillas, la brecha profunda que lastimó a nuestra madre Tonatzin.

    ReplyDelete