Primeramente soñada como
aquella en que un águila devoraría una serpiente, encontrada en el valle de
los mexicas entre grandes lagunas y dos volcanes nevados al
oriente; seguidamente sede de la mítica ciudad de Tenochtitlán, construida
sobre islotes artificiales rodeados de agua; luego sede imperial de los aztecas, y posteriormente sede imperial de la Nueva España en el Nuevo Mundo;
después conocida como México, luego como Ciudad de México, y tras atribuciones
políticas como el Distrito Federal, y tras la pereza normal de la raza como el Defe, y tras la
incongruencia entre sus proyecciones soñadas y las resultantes como el
Defectuoso, y tras el desencanto mayor como el Defecado, y tras su empecinada
supervivencia, ya en nuestros días, como La postapocalíptica: aquella en que contra
todo pronóstico bíblico lo peor ya pasó y ha incluso sobrevivido al Fin, mientras todos parecen alardear un poco de ello.

De haberla arrojado
por una ventana, desde uno de esos edificios ultramodernos que constituyen
parte de su proyecto ultramoderno, dicen algunos, habría caído en mejor forma. Pero, dicen otros, de donde cayó sin tregua —aunque
dando aviso—, de donde aterrizó sin clemencia, golpeándonos y aturdiéndonos a
todos con su estampida, locales y foráneos, fue desde el rascacielos inacabado de la superpoblación. Es inevitable la mención. Como se hace
inevitable el encuentro con el elogiado y carismático cronista de la Ciudad
de México, Carlos Monsivais, y su serie de ensayos Los
rituales del caos.
Monsivais nos
previene: “En el terreno de lo visual, la Ciudad de México es, sobre todo, la
demasiada gente”. Pero no es el único. Otros de sus representantes
literarios, desde hace mucho, han buscado prevenirnos de ella misma, sea con sus
picarescas redentoras, sus novelas visionarias o sus ensayos necropsia. Carlos fuentes, en Cristobal Nonato, nos ratifica el desconcierto:
“La ciudad menos inteligente,
menos previsora, más masoquista y suicida, más pendejamente pendeja de la
historia del mundo”, aquella que “se hundió en su lecho pantanoso y el canal
está más alto que el de nuestra mierda”. José Fernández de Lizardi, en aquel texto considerado
la primera novela de América, El periquillo sarniento, no incurre
en ironías ni exaltaciones cifradas de la misma pero, ya prontito, la asume
como centro idóneo de corrupción, vicio, lujuria, en fin, como la ciudad
que era a principios del XIX. Todos nos previenen, eso sí, pero sabemos
la atracción de lo prohibido y nocivo.
Queda poco por
añadir. Baste decir que la condición postapocalíptica de la ciudad la ubica,
una vez más en la historia, en una condición de deslumbrante vanguardia. El
Defe no es sólo uno de los referentes culturales urbanos del mundo, ni el espacio de una de las mayores concentraciones humanas. Sus artes
plásticas, escénicas, letradas, áreas investigativas, museos, manifestaciones
populares, negocios y aventuras arquitectónicas, constatan su lugar en el frente
de batalla. Como lo constata, también, su participación en los temas
coyunturales del planeta: se acaba el agua, se acaba el abastecimiento local de
comida y el problema de la superpoblación no es una cifra
abstracta: sólo con montar en metro, un día cualquiera, surgen inevitables las
consideraciones sobre el triunfo reproductor de la especie. La
vanguardia acá pues, es la vivencia del día a día.
Y como el relativismo
general nos agolpa, no hay mal que por bien no venga. La ciudad ha producido
el milagro de la indiferenciación, tal y como podría promoverlo
una práctica espiritual holística, en perjuicio, eso sí, de
nuestro afán de originalidad, individualidad o autenticidad. Y nos dice Monsivais: “Somos tantos que el pensamiento más excéntrico
es compartido por millones. Somos tantos que a quién le importa si otro piensa
igual o distinto. Somos tantos que el verdadero milagro ocurre al cerrar la
puerta de la casa”.
Afortunadamente tienes una visión optimista de esta urbe caótica que a mí me parece que camina sin rumbo, sin poder recuperar todavía su visión personal de la vida, cercenadas sus raìces, su tronco malamente injertado, con acero toledano, sobre una pestilente herida. Harán falta más tiempo, más conjuros, más plantas divinas, y hombres y mujeres de visión, que sepan trascender y sanar, desde ambas orillas, la brecha profunda que lastimó a nuestra madre Tonatzin.
ReplyDelete