Pues porque sí

¡Porque hay males que ya llevan milenios!

¡Porque son mejores cien pájaros volando!

¡Porque incluso en literatura, nada está escrito!

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July 24, 2013

El día en que Junot Díaz

I
Fue un viernes de octubre, de temperatura todavía clemente en las praderas urbanas de Iowa City. Los lugareños se reunían en las hamburgueserías de siempre y nada indicaba un evento singular. Sólo algunos árboles presagiaban el otoño. No hubo invitaciones a través de un carro parlante, nadie anunció las pulgas amaestradas ni el perro que ladraba canciones de amor. Las apariencias, comúnmente confiables, no delataron el evento: Junot Díaz, el laureado escritor de minorías, inmigrante dominicano, criado en un gueto del horrible New Jersey, ganador del Pullitzer en el 2008 y recientemente galardonado con la MacArthur Fellow, pasaría un día, bueno, casi un día, en la pintoresca localidad de Iowa City.
Todo comenzó a las 3 pm. La estrella fugaz daría una pequeña sesión de “Q and A”, preguntas y respuestas, en el auditorio del afamado programa de escritura creativa. Junot llegó puntual al pequeño auditorio y para sorpresa de muchos no venía escoltado por un cordón de seguridad. Vestía ropa informal, casi juvenil, y lucía unas gafas de marco grueso y lentes, como dicen, culo de botella. Tras una breve presentación se dirigió a la audiencia: “en qué les puedo ayudar”. El público obedeció y comenzaron las preguntas: sobre sus voces femeninas en primera persona, sobre aspectos ocultos en la literatura, sobre la construcción de cuentos. Junot se movía con gracilidad, agachaba la cabeza, frotaba su ceño, la chivera y respondía con suficiencia. Cual joven del gueto que su literatura representa, a cada frase soltaba varios shits, fucks, damns y dudes, entremezclados con deconstrucciones, significantes y demás. Parecía un tipo callejero, en especial en un ambiente en el que nadie lo es. Era como una extraña personificación de un nerdo pandillero que fuma marihuana y se aparea como loco, mientras enseña en MIT y refugia sus temores y soledades entre los libros.
Llegó la hora de los leones y la corrección de la academia gringa, junto con la concepción del papel social de la literatura, pronto sacaron sus garras. Diferentes asistentes pasaron a preguntar por sus personajes machistas, las mujeres con culos grandotes y la mucha infidelidad masculina. Junot, con la cabeza metida en las fauces de una leona, se defendió diciendo que sólo representaba tipos sociales. El publicó se estremeció. Habló de los diferentes niveles de lectura de sus textos, de las líneas ocultas, de la violación subyacente que su protagonista masculino había sufrido y que nadie parecía percibir ni sopesar en sus críticas. Quiso entonces pasar a galopar la fiera, pero imposible, la acusación ya estaba hecha. Insistieron en que él, con su literatura, repercutía valores patriarcales. Una señora a mi lado bostezó con ruido. Un joven al frente mío susurraba frases, en apariencia obscenas, al oído de su acompañante. El público quería sangre, acción, puro entretenimiento.
Cuatro años atrás, acabado de recibir su premio Pullitzer, asistí a otra de sus funciones, también por azar, esa vez en la ciudad de New Brunswick. En ese entonces apenas aprendía a lanzar los cuchillos. Era inevitable ahora no hacer comparaciones, y era imposible no advertir cómo el performance se hacía cada vez más afectado y transgresivo, cada vez más afianzado en su papel. Ahora lograba incomodar los códigos de corrección y buenas maneras de los círculos letrados. Ahora el público reía más. Los largos ensayos y repeticiones estaban dando resultados.
    
II
En las praderas bucólicas de Iowa City no todo es contingencia natural. La realidad se interfiere, como buenos protestantes, y definimos el curso de los eventos. Gracias a los contactos del departamento de español asistí a una cena en uno de los restaurantes más exclusivos del poblado. Allí, en selecto grupo, departiríamos con Junot. Éramos diez en total, nueve los elegidos: el organizador del evento, dos poetisas de nacionalidades exóticas, y cinco invitados arbitrarios, azarosos, que tuvieron la extraña suerte de conocer al organizador. Yo no era un elegido, ni exótico, ni aun un amigo: era simplemente el cronista. Llegué a la hora convenida. Nos presentaron, estreché su mano, y él me miró. No había allí guardaespaldas de lentes oscuros y movimientos paranoides. Para mi frustración laboral terminé sentado en la silla opuesta a Junot, lo más lejos posible de él.
Una mesera de sonrisa rígida, como era usual, nos trajo el menú. Los precios estaban un poco altos y, pensé con júbilo, algo bueno debía tener ser el cronista: la casa, alguna casa, invita. A mis lados tenía un par de jóvenes que estudiaban su pregrado en logística de eventos —la especialización de la universidad gringa, y del mundo contemporáneo, no para de sorprender. Intercambié con ellas cinco frases y fue suficiente. Intercambié otro par con los otros invitados vecinos y fue suficiente. Pronto descubrí, una vez más en la vida, que estaba en el lugar equivocado. No me refiero a mis vecinos, ni a la distancia del objetivo periodístico, sino a la escena en conjunto. Todos parecían divertirse y yo me sentía como un idiota, como un groupy frustrado. Debía hacer algo: sonreír para empezar, tomar más cerveza. Atender interesado las palabras del punto de fuga. Mirar las caras de los otros y volver al centro. Sonreír. Al menos la comida sería buena y valdría en algo toda esa tensión. Me sudaban las manos y tenía un vacío en el estómago. Me vinieron recuerdos similares a la mente: terminar en la misma mesa con una autoridad en donde la conversación no fluye, en el fondo no me importa que fluya, ni el sujeto, pero todos giramos en torno suyo.
Aproveché entonces para llamar su atención al otro extremo de la mesa y pregunté alguna generalidad sobre su visita en Iowa, el taxi, el clima, algo así. Él respondió amable, considerado, y se desentendió de mí. Junot Díaz hablaba y todos escuchábamos. Habló de cine chatarra categoría z, con plena autoconciencia de ello, y habló de su vida en Rutgers, en Cornell, en MIT. Habló de tonterías, como un tipo normal que habla de mujeres con sarcasmo, cine, ciudades, comida y, otra vez, el clima. También, cómo no, autoconsciente de sus conversaciones de señor vestido como un adolescente, ahora decía menos fuck, dude, damn y shit dentro de cada frase autoconsciente. Yo no paraba de sonreír, como todos, ya comiéndome mi rodajita de salmón. Pensaba luego en la idiotez de mi sonrisa, en lo artificiosa y protocolaria, y pasaba a maldecir mi presencia allí. No paraba de sonreír. Hice un último intento por llamar la atención y le pregunté algo sobre Cornell. Cualquier cosa, digamos, sobre el clima o los bares, estaba claro que éramos todos tipos comunes autoconscientes que hablaban tonterías. Él respondió amable y prolongado. Yo no paraba de parpadear y sonreír. Tampoco paré de pensar en la inutilidad de mi presencia. Comenzaba también a sentir un sueño irreprimible. Pero un choque intempestivo, un golpe de realidad, me despertó. Llegó a mis manos la cuenta separada. 35 pesos por una entradita de dieta y una cerveza. Saqué mi tarjeta sin dejar de sonreír. Miré en todas las direcciones y me pareció entrever la razón ulterior del porqué nuestro anfitrión y la estrella no consumieron nada. Dijeron que se les antojaban unos tacos en un restaurante popular mexicano, no muy lejos de allí. Yo no paraba de sonreír, preguntándome, también, qué hacían todas esas personas allí, sonrientes como yo, espejos los unos de los otros, mudos. Quizá para ese momento se sentían tan sorprendidos como yo, y arrugaban el recibo de pago entre los dedos.

III
La entrada al Englart Theater estuvo precedida por una extensa fila. El fenómeno literario del año, la estrella que más refulgía, cual última mazorca de maizal iowano, haría una lectura. El auditorio estaba repleto. El esquema de seguridad era invisible, perfecto. El mismo anfitrión de mi cena privilegiada fue el maestro de ceremonias. Y tras la necesaria introducción que lo ubicaba en nexos casi de parentesco con el ídolo, el relato pormenorizado de cuando leyó su primer libro, y la anécdota del mágico azar que los hizo conocerse, sería Junot quien se extendería en agradecimientos para su amigo, aquel buen amigo que lo llevó a comer tacos mexicanos populares.
Las luces se apagaron, dos reflectores potentes alumbraron el proscenio y comenzó la función. El equilibrista, a metros del suelo, y sin red de protección, habló de la hipocresía constitutiva de la cultura, expresada, por ejemplo, en el mercado editorial. El público contuvo su euforia. ¿Por qué —prosiguió cambiando de vértice y trastabillando intencional sobre la cuerda—, nunca hablamos de literatura blanca o masculina, y en cambio se repiten los rótulos de literatura hispana, afroamericana, femenina, gay? Se escucharon algunos “ohhhs”, como epifánicos, y una que otra risa nerviosa.
El mago entonces hizo un movimiento con su capa, un clic con sus dedos y regresó, como un cargo de consciencia, la pregunta de la tarde: por qué su literatura quería perpetuar valores patriarcales y cosificadores femeninos. El auditorio en pleno no parpadeó. El nigromante se quitó el sombrero de copa, mostró su interior al público y con movimiento ágil descubrió el truco: hay que diferenciar los terrenos del arte y del pensamiento crítico. La señora a mi lado suspiró. Los chicos de la silla trasera chiflaron. Yo me distraje con las luces y tuve que preguntar al vecino qué había dicho.
Era la hora de los payasos y un imprudente desde los palcos preguntó en qué pensaba gastar el medio melón que acababa de ganar. Timoteo, luego de jalarse la nariz y descubrir su rostro maquillado en exceso, y un lagrimón mal dibujado, indicó que un porcentaje iría a los proyectos y activismos que usualmente apoyaba, protección de animales, causas ecológicas, inmigración o racismo, o todas juntas. Casi todos soltaron una carcajada. Yo aplaudí con fuerza y grité “otra, otra”.
Al menos un par de miles de personas se habían reunido para la función. Y el artista no defraudó a su público curioso, y lo hizo reír, reflexionar, conmoverse, y en cierta medida, lo escandalizó —justo cuando el motociclista se metía al Círculo de la Muerte, unos padres de familia sacaron a tirones a sus hijitos y les evitaron esas referencias directas al sexo sucio, a los niggers, y a la escasez de inmigrantes en estos lares tan ricos e industriosos. Todos nos reímos, suspiramos, reflexionamos y nos escandalizamos de nuevo, en cierto sentido, cómplices. Y al final, aplaudimos incesantes, de pie, y el artista nos concedió una segunda venia. Pero la magia de las bambalinas, sus luces, destellos y efectos sonoros llegaba a su fin.

IV
La visita de Junot dejó un eco en el pueblo, tras los gritos de los pájaros que ya comenzaban su migración hacia el sur. Los trabajos del campo, ordeñar las vacas y los cerdos, granar la cosecha, se vieron de golpe renovados por el paso de este circo profano, con mujer barbuda, niña contorsionista que fuma con el pie y entrenador y taquillero que acumula problemas de alcohol y denuncias por pederastia en cada pueblo que pasa. Durante un par de días Junot alimentaría nuestro imaginario, nuestras conversaciones en el café, nuestras tardes en los potreros: quién se lo hubiera imaginado tan intelectual, con esa literatura tan vital y callejera, dijeron algunos con su admiración de provincia. Quién lo hubiera pensado tan amanerado, con ese dominicano lujurioso que representa en sus textos, dijeron los alfas del pueblo, un poco decepcionados. Y cómo era eso que un escritor también podía hacer las veces de stand up comedian, decían entre muchísimas copas escritores tartamudos, tímidos incluso de ordenar la siguiente cerveza. Días después llegó el rumor de una parroquia vecina. El grupo coral del programa de escritura creativa había quedado ofendido, ante sus provocaciones reiterativas de género, cultura patriarcal y heteronormatividad. Pero pasó, como todo, y lo olvidamos. Llegó el invierno con sus vientos fríos que todo lo limpian y nos sentamos de nuevo junto al hogar a contarnos historias de bestias desaparecidas, plagas y el futuro de estos campos.


November 21, 2011

Intimidades

Para pocos es un secreto que soy gay ––aunque ante algunos que se hacen los ciegos no he salido plenamente de la celda. Muchos están al tanto de mis ya prolongados problemas con el alcohol, y ni hablar de mis notorios devaneos con todo tipo de drogas moralmente consideradas “duras” y de algunos impulsos que se han ido más allá de la simple recreación. Permanecer fiel a uno mismo tiene su precio, y más costoso aun cuando “uno mismo” es una mezcolanza de deseos, miedos y contradicciones.
              Con Mía hemos acordado que, pase lo que pase, ella continuará atendiendo la escuela y no desaprovechará esa beca en la facultad de artes. Es cierto que no hablamos de mi muerte, pero esta late diariamente en el hogar, en cada medicamento que tomo, en cada precaución alimenticia, en cada exceso de creatividad o arrojo que aventuro. Y si algo he aprendido, especialmente desde que me diagnosticaron VIH positivo hace veinte años, es que la cercanía con la muerte es ante todo una fuente de vida, de calor, un corrientazo si se quiere.


              En una ciudad en apariencia tan liberal como Los Angeles, adoptar una niña, una niña negra, no ha sido fácil. Tampoco ha sido fácil para Mia ser la hija de un hombre soltero blanco, gay militante, sesentón, exalcohólico, y etcétera etcétera. En esta sociedad pretendidamente convencional y suciamente puritana para nadie sería fácil. Pero Mia es una artista y una batalladora. Tanto su historia personal como su educación la ubican en un escenario excepcional, en el paradigma de lo superhumano si se quiere. Ya desde muy niña condescendió a visitar a su único tío en la cárcel, mi hermano y único pariente, sin dejarse amedrentar por su condena de homicidio culposo. Hay quienes se ven envueltos en circunstancias en las que deben matar a un otro, y eso ni Mia ni yo lo defendemos o culpamos. Creativa, analítica, bella y saludable, y no exenta de algo de vanidad y soberbia, a sus 17 años le ha dado por volverse vegana militante. Por el momento, digamos, hemos hecho un pacto mutuo de no agresión.
              Creo con firmeza que un hombre necesita que se lo follen, que las cárceles son un gran negocio no en beneficio de la sociedad, que gracias al catolicismo y su prohibición del condón el VIH se ha disparado así como el crecimiento de esta especie humana destructiva. Me cago en el starsystem de Hollywood y en todas sus mentiras constitutivas y me cago en las religiones monoteístas. Me gusta dar paseos tranquilos, ir a la playa de vez en vez, salir a comer con amigos y leer el periódico los domingos. Y más allá de mis preferencias, repito, a man needs to be fucked.
              Hay que vivir esa vida que queremos interpretar o representar así no sepamos cuál es, así sea para decir, ya a los sesenta años, que estuve un poco sobreactuado allí, un tanto desconcentrado más allá o por momentos demasiado melodramático. Yo, como el actor que soy de mi vida por excelencia, como el autor que soy, Michael Kearns, me concentré en mis propias producciones y así nació Intimacies. Un monólogo de cuatro voces que, más allá de mi voluntad, da cuenta de ese “uno mismo” nebuloso y por momentos lejano y que no es más que una pluralidad de deseos, miedos y contradicciones. 

              Y oh sí, ha valido su precio.

October 29, 2011

On the Rail


A Mike lo conocí por internet, en una de esas comunidades virtuales para viajeros y él, confiando en mi vago perfil, decidió recibirme en su casa en L.A. Yo llevaba ya un tiempo viajando y sumado a eso se había juntado un momento de cambio repentino en mi vida —sin novia, trabajo ni ocupación en la Costa Este— y todo indicaba que el viaje debía continuar.
            Haciendo maletas, dejando y botando, encontré On the Road, de Jack Kerouac, publicado en 1957. Lo había comprado años atrás pero nunca logré superar sus primeras páginas. Este, libro iniciático para las juventudes rebeldes gringas que sueñan con atravesar el país a dedo —pidiendo aventones, con cien dólares en los bolsillos y una muda extra de ropa—, fue a su vez un libro iniciático para jóvenes escritores que encontraron en el automatismo de su escritura la forma de conciliar el rigor de la letra con la espontaneidad de sus vivencias viajeras, musicales y alucinógenas. Lo mío, sin embargo, sólo era una travesía sosa en tren durante cuatro días y necesitaba algo para leer en esas largas horas en que hasta el más bonito o inimaginado de los paisajes se haría rutinario.

                           
Llegué un sábado a NY Penn Station, cargado de equipaje y un fiambre que esperaba me durara al menos dos días —unos sánduches de salmón ahumado con aguacate y queso que madrugué esa misma mañana a preparar, frutas, agua y algunas chucherías. Por fortuna una vez a bordo del tren Lake Shore Limited no tuve que compartir asiento con nadie y pude estirar tranquilo mis largas piernas.
            El tren comenzó su travesía rumbo al norte, bordeando el río Hudson, en un paisaje colorido de tonos amarillosos y rojizos de otoño. Continuó la marcha y fue parando en Poughkeepsie, Albany, se hizo de noche, Rochester, la horrible Buffalo y Cleveland, hasta que caí dormido. A la mañana siguiente, luego de atravesar masas y masas de rezagos industriales, ennegrecidos y desolados, y diecisiete horas después, finalmente llegamos a Chicago donde me esperaba una escala de seis horas y un trasbordo. “The Wind City” se presentó benévola en su temperatura y pude caminar durante horas en aquel domingo soleado: del downtown al lago Michigan al Millenium Park: tomé fotos, me quité los zapatos, me bañé a medias en una fuente, y me asoleé. A las 3,45 de la tarde abordé el Southwest Chief y de nuevo tuve un asiento solitario a mi lado en el cual poder seguir estirando mis largas piernas.
            Al poco tiempo de salir de la ciudad ya se abrían en el paisaje maizales interminables y brillantes que me hicieron evocar el espíritu industrioso de Monsanto, el exceso de edulcorantes de maíz en todos los alimentos procesados, y el empobrecimiento del campo mexicano luego del ALCA y que generó millones de migrantes indocumentados. Un par de horas después, y como Sal el narrador de Kerouac, también me excité —sin anglicismo incluido— al cruzar el Mississipi, aunque no alcancé a tomarle foto.
            Las paradas siguieron ordenadamente, una tras otra por supuesto, y nos detuvimos en La Plata, en Kansas City —la mítica ciudad de Vaughn—, ya de noche, y dormí y desperté y al día siguiente paramos en Topeka, La Junta, Trinidad, Raton, y Las Vegas, entre muchas otras que no podría recordar. En cada parada del tren me bajé, por diez o quince minutos para respirar un poco el aire de cada lugar y con ello aprehender un poco más de este, y bla bla bla; para hacer un poco más concreto mi paso por el país, legitimizar mi vanidad de viajero, decir que conocí, y bla bla bla.

                           
Atravesé valles boscosos y bordeé ríos anchos y calmos durante horas; desiertos rocosos sin dunas ni cactus; montañas y planicies terrosas con picos nevados a lo lejos; vi manadas de alces bordeando arroyos, venados y un zorro, y en esta ocasión ningún oso desesperado se aventó a los rieles. Horas después en Albuquerque hicimos una escala de una hora y me fui a caminar por la ciudad, a comprar doritos y chocolatinas twix para lo que me faltaba de viaje, y una cocacola helada con hielo. Pero —siempre a mí—, una vez de regreso a mi puesto me encontré con una señora ocupando el puesto del lado. Era una situación realmente odiosa. Todos a mi alrededor seguían intactos, solos en sus sillas dobles, y yo parecía ser el único que ahora se incomodaba. Y para mayor perjuicio, ¡Marthica!, no sólo resultó ser más entradora que cualquiera de mis tías sino que además era argentina y hablaba hasta por los codos.
   
A Mike, repito, lo conocí por internet y sabía que era actor y dramaturgo, tenía sesenta años y más de mil quinientos amigos en facebook. No sabía si era un viejo cacorro en busca de muchachos, un alcohólico explosivo o un religioso empedernido. Con él hablé desde el tren mientras atravesaba esas planicies desérticas de Arizona la noche antes de llegar, y volvimos a hablar la mañana siguiente desde la estación en que me dio las indicaciones para llegar a su casa.
            On the Road superó mi voluntad lectora automática y me aburrió. Sólo llegué a la página ochenta de sus doscientas ochenta. Me faltaba mucho para el final pero yo ya estaba en el final de ese trayecto. Ya pues, sin ánimo redentorio, nos encontrábamos el libro y yo, como luego diría Mike, in the middle of the road.

                           

April 08, 2011

Atrapados neoyorquinos

Hace unas semanas me enteré que un compatriota andariego anduvo por estas tierras, por allá en la década de 1920, y escribió un librito pintoresco titulado Instantáneas neoyorquinas. Se llamaba Luis Sepúlveda —como el escritor y viajero profesional chileno—, era santandereano, y entiendo que en la desconocida Piedecuesta hay un busto suyo desfigurado ya tras décadas de acidez de caca de paloma. Como a Luis, y como a mí, y como a muchos, la ciudad nos sorprende y nos golpea, nos ilumina y encandila, nos nutre y nos asquea; y como prueba inefable de que muchas cosas no cambian, y de que no todo tiempo pasado fue mejor, Luis nos recuerda cómo Nueva York tal vez fue sólo menos peor.
En estos días nada menos el banco Chase Morgan me multó por un giro sin fondos que considero su error y que tras diferentes variantes concluyó en la escandalosa suma de US$45 —sí, cuarenta y cinco dólares que si bien no solucionan el hambre mundial sí podrían servirme para comprar, digamos, 5 ó 6 poemarios autopublicados que podrían, o no, nivelar mi escritorio. Pero si a especular nos inclinamos, que sea Luis, nuestro poeta instantáneo, quien nos hable de Wall Street: “Simbolicamente/ Washington está en la puerta de la tesorería/ como diciendo: ¡Hasta aquí llegó la Libertad!...  …Y en frente/ el banco Morgan representa lo que hoy día/ es la verdadera autoridad”.
           Abrumado y derrotado frente a la especulación financiera, busco refugio en la naturaleza y me voy a Central Park. (“Portento de horticultura,/ que reduce la inmensidad a la miniatura”). La asfixia provocada por el monstruo omnipresente del Estado y sus cabezas corporativas me hacen anhelar con fuerza una Naturaleza ideal, como último —o primigenio— refugio de la cultura, de estos edificios que representan ahora nuestra sutura. Pero en el Parque no hay silencio ni ruidos de bosque, y Luis el incisivo continúa punzándome al oído. “La colina, el lago y el valle/ se codean con la calle/ y tienen urbanidad./ El Parque Central/ es la mejor copia que la Naturaleza/ puede hacer de lo artificial.”
           No es el momento entonces, me digo, de retiro a lo natural, y mejor me vendría una cerveza, en un barrio multicultural. Tomo un metro en dirección al sur, soñando con cierta bohemia y contracultura de artista, que idealmente, habrá de ser aquello que se oponga al negocio, la academia y la tendencia consumista. Pero “En el Greenwich Village, el Barrio Latino/ que inventó Nueva York,/ todo es falsificado, la bohemia y el vino,/ el arte y el amor”, y “En el sótano más miserable/ …la tarifa es tan respetable/ como el más fashionable cabaret”.        
Convencido de la artificialidad de todo lo que me rodea, y alimentado también por otro tipo de deseos, camino entonces ya procurando incandescencias en Times Square, cuya “Actualidad — es la frase cabalística”, y previsiblemente, una vez más, todo es “Urgencia, empujones, codazos,/ aglomeración de noche y de día;/ el orden se ha hecho pedazos,/ y ha fracasado la cortesía.” “Es allí donde la violencia/ de la propaganda ha hecho un derroche/ de prepotencia/ para electrocutar a la noche”.
Y la noche con sus trinos —y ya que bullas latinas ansiamos—, nos dirigen de nuevo a un bar del Greenwich, y como al poeta instantáneo pero imperecedero, nos acercamos un poco mohínos. En SpeakEasy, “Adentro, la victrola automática,/ distrae a una buscona simpática/ que soporta la pesadez/ de unos tipos en estado de beodez”. Hoy refugio de salseros colombianos y de otras latitudes panhispanoamericanas, Luis nos actualiza este sabor dulzón de la patria, la caña y sus gentes: “Cuando mayor es la algarabía/ allí donde todos deben hablar en secreto/ entra un policía/ que ni exige ni infunde respeto./ E inmediatamente/ para que se cumpla la Constitución,/ el agente/ se toma un aguardiente/ y cobra su comisión”.
Pero no todo ha sido malo, creemos. Al final del día, en este bar o en otro, y tras encuentro inesperado, sentimos que nos queremos. “Tenía esta chiquilla, romántica e inquieta/ toda la gracia frívola de un minuet de París;/ reía con descoco de valse de opereta/ y sin embargo amaba la heráldica de lis”. Aquella francesita blanquísima y rojiza, de risa dulce, aire puritano y acción desparpajada, jovencísima y rolliza “me dijo que quería que fuera su poeta,/ o ella “María Antonia” de quien yo fuera “Luis””, pero yo no soy poeta, ni me importa un carajo un histórico “Luis”. Entonces, “Aquella que quería romantizar mi furia,/ (la irrefrenada furia de toda mi lujuria)/ ya no habló de heroínas… ¡y optó por ser mujer!...”
Como con Luis, nuestro Luis, después de todo sólo queda la fatiga. Y de la fatiga llega el desconsuelo, que inevitablemente nos lleva a añorar los tiempos perdidos del abuelo. Y con el seso embotado, de tantos noises, flirtes y advertisements, regresamos pronto a casa derrotados, mientras Luis nos repite al costado: “La velocidad/ es la única interpretación/ que Nueva York da a la Libertad.“