Y por el Paralelo andaba el viejo hijueputa de la novela, cagándose en todo y reconstruyendo su primera visita a la ciudad 40 años atrás y su experiencia con un joven puto y que el Paral-lel ahora le ocultaba. Y el no tan joven aprendiz, en su primera visita a la ciudad, hospedándose precisamente en el Paral-lel, y aunque con menos edad y menos memorias que contradecirle a sus vivencias, con un malestar acumulado de años y algunas nauseas recientes, también se la pasaba hijueputeando y maldiciendo allí, medio conversando con drogadictos e inmigrantes más allá, altanero e irascible, aunque sin fuerzas siquiera para hablar.
La ciudad sin embargo no se reducía a esa avenida y el no tan joven aprendiz lograba dar vueltas en bicicleta y sentirse a solaz bajo esa resolana cruel de agosto. Pero el viejo que lo seguía era de otra mentalidad, y al pasar por todos esos museos inútiles que abundan se le despertaban las fobias: que el del engreído y mal artista Dalí, que el del soso Miró, que el del informalista Tàpies, y por supuesto, que todas esas casas estrafalarias para millonarios extravagantes del lameculos de Gaudí, y eso sin mencionar su “adefesio de catedral inconclusa que parecía un pastel comido por los gusanos, con unas torres como florecidas de papilomas genitales y chancros”. Atracciones que, a todas estas, hacían de la ciudad un deambular incansable de gente, de aquí para allá y acullá: “el ir y venir de esa ciudad ociosa que llevaba años y años sin dormir”.
Como la ciudad, y como el viejo hijueputa de la novela, el no tan joven aprendiz también ya llevaba días y días sin dormir. Y el viejo amargado que lo seguía era quien pasaba las facturas a su cuerpo, y a su ánimo. Así que noche trás noche, desahuciado frente a "la vasta noche del insomnio", salía a la calle a seguir dándole vueltas a sus maldiciones, a sus rabias acumuladas desde la niñez, comprando cervezas de un euro a los "pakis" o indios, para seguir andando y evitar que lo agarraran las putas pues después era un lío desprendérselas.
La cosa es que ni su traumado machismo, ni el orgullo, ni la culpa cristiana, ni la avaricia le permitían tales goces contractuales. Así que en esas, como le aconsejó su amigo Bethu, entendió que lo mejor para desprenderlas era responder: ––Claro mi amor, pero gratis. ––¡Estás muy linda pero no tengo ni cinco! Y así etcétera hasta que ya ninguna otra se le acercaba ni le agarraba la mano ni le enterraba las uñas ni quería pellizcarle las tetillas. Pues el no tan joven aprendiz viejo amargado además de culposo era lo que llamábamos en el barrio un achapado, un amarrado, un codo, un chichipato, un miserable muertodehambre que como sus ancestros españoles, quería siempre lo mejor, pero sin pagar.
Y ahí le volvían al viejo amargado y resentido las tontadas contra los españoles, que eran unos perezosos, que qué era eso de cuatro horas de siesta al medio día, y los bares de tapas llenos todas las noches, y que sus "Indignados" alternativos temiendo por el recorte a sus privilegios primermundistas, y que españoles racistas, y que clasistas, y que machistas y que provincianos, y así se iba el no tan joven aprendiz mascullando sus imprecaciones, feliz de estar en Barcelona en donde los españoles eran sólo uno más de los grupos migrantes. "¡Qué hermosa sería España sin gente! ––se dijo––. Un terregal con piedras. Y aquí y allá, en un rastrojo, un poco de respiración, de movimiento, ¿y que sería qué? Una cabra de cuatro patas, obtusa."
No había duda que les faltaba lucidez y mesura a los comentarios de estos viejos hijueputas y amargados.
Pero sin escarmentar pasaba el viejo hijueputa de la novela a repetir que "su sueño era quemar el Vaticano y la Kaaba bajo las barbas mismas de Dios o Alá”, y le recordaba al viejo aprendiz que él a su vez querría seguir con todos esos castillos y monumentos imperiales españoles e incluso no coloniales, que el Monasterio del Escorial, que la Catedral de Toledo, que toda la ciudad de Salamanca con su biblioteca de incunables y rarezas del siglo XI, el Alcazar de Segovia con Acueducto romano incluido y sin que se escape, por supuesto, el Palacio Real de Madrid, echando fuego bajo las greñas mismas de todos los “Indignados” de la Plaza del Sol. Aunque, eso sí, el joven amargado, a este "país de blasfemos”, a “España, terregal cerril de cabras locas”, sólo le rescataba eso: que se cagara en la madre, la puta, la hostia, ¡y en Dios!
Pero si el viejo era un resentido, los juicios del no tan joven tampoco eran de fiar. Su personalidad antojadiza y caprichosa ya era popular entre sus conocidos, y su ánimo gratuito de llevar la contraria no era una sorpresa para sus lectores: en un mismo día, dependiendo de su interlocutor, defendía y cuestionaba los sindicatos, apoyaba y satanizaba la democracia, criticaba a la hipócrita Europa y luego se entregaba en alabanzas sin límite. Ahora, sin embargo, que estaba en otro juego de su vida, tanteaba esta nueva ciudad para el futuro, cotejando los pros y los contras con pretendida honestidad: "––Por fortuna en Barcelona no había niños. Ni perros abandonados, ni putas embarazadas. Putas sí, muchas, pero no embarazadas. Una ciudad civilizada, en fin, donde él podía vivir”. Sí, parecía ser una tierra de todos, de nacionalismo obtuso, de inquisidores, de inmigrantes, turistas, putas y locos donde comenzar de nuevo, así ya todo estuviera perdido.
No comments:
Post a Comment