Pues porque sí

¡Porque hay males que ya llevan milenios!

¡Porque son mejores cien pájaros volando!

¡Porque incluso en literatura, nada está escrito!

March 09, 2012

Martes de Glamour

“Hay que cagar, el culo no es bodega”, le grita, no sin elegancia, la multitud a la Peste Negra, bastante barrigón él, quien —luego de subirse a las cuerdas y alzar los brazos con aire victorioso y descubrir, lo que parece a mi distancia, grumos de desodorante o limón enredados un sus vellos axilares—, pasa a agarrarse la entrepierna y a exhibirla al público.
             Nos encontramos en La Arena de Guadalajara, y fiel a mi reivindicación y movilidad de clases, y a lo amarrete que soy, estoy en el segundo piso, arriba, en el palco de los pobres, dividido por una malla infranqueable con los de abajo, los ricos: la primera y más visible de las inversiones de la norma social que aquí se dan. Una chica de abajo, de las ricas, no especialmente bella ni bien proporcionada en sus formas, camina, llega o se va. Es la oportunidad para la multitud en conjunto, ricos y pobres, de gritarle “vuelta, vuelta”, a lo que ella, haga lo que haga, ya no saldrá ilesa. Si da la vuelta, la multitud glamurosa gritará “esa sí es puta, esa sí es puta”. Si decide no complacer al ahora su público, le gritarán “puta y apretada, puta y apretada”. En la sección de arriba pasa un joven de rasgos pulidos y caminar airado, no especialmente audaz ni amanerado, y de nuevo, ricos y pobres aúnan fuerzas: “güero, güerito, a ti te gusta el pito”, y concluyen con un unánime “ese es joto, ese es joto” (digamos que maricón en el resto del mundo hispano). Tanto en los chistes de mi familia y mis amigos, como en la estilizada lucha libre tapatía, el meollo de la identidad parece debatirse entre putas y jotos.
             La unión de clases, sin embargo, ha sido sólo una ilusión pronta a fracturarse. Ante un amago de espectacularidad de parte de algunos ricos, los de arriba gritan voto por voto, casilla por casilla, chinguen a su madre todos los de silla, a lo que los ricos, histriónicos en la comodidad de sus asientos, gritan de regreso “pobres, pobres, chinguen a su madre, chinguen a su madre”. Cuasi símbolos culturales de sacralidad y pureza, en esta contienda las madres no saldrán ilesas. 
             Pasan las horas y dos gordos atléticos se han enfrentado. Dos parejas de enmascarados y desenmascarados se han forzado en la lona. Un joto de leotardo rosado y un luchador musculoso y poco agradable han provocado especialmente al público: el de rosado ha besado en la boca al poco agradable, y el ya desagradable ha lanzado un gargajo gigante al aire —todos lo vimos— y lo ha atrapado con su boca para luego, a  forcejeos, echárselo en la boca al joto; el juez no lo soporta y se vomita sobre la lona. Y luego, tenemos incluso oportunidad de ver a un luchador enano disfrazado de pajarraco implume, suplicar socorro mientras es asfixiado contra las cuerdas. No parece ser este el lugar propicio para demandar estándares de salubridad, ni mucho menos para la corrección política.
             Es el momento del equal opportunity y dos mujeres se enfrentan ahora. Sin ánimo de cosificación, ni de perpetuar los cánones estéticos patriarcales, es de reconocer que son bastante feas. Sólo una, la rubia teñida, mirándola de soslayo, a la distancia, entre las luces y las sombras, se salva. Su táctica consiste en mover sus carnes al aire y amenazar con quitarse la prenda superior, con lo que ya tiene asegurado el favor del público, conquistado ante ese vaivén y tremulez. Pocos parecen advertir, sin embargo, que una de sus tetas, sin intención, ha conocido la luz. Pero no es este, tampoco, un espacio para la belleza o el erotismo. 
             Pasadas las diez de la noche el espectáculo va llegando a su fin. Algunos de los de arriba comienzan a irse. Es el momento de los ricos de resarcir tanto desaire, a lo que gritan en coro: “pobres, pobres, se les va el camión, se les va el camión”. En efecto, son escasos los buses en Guadalajara que circulan después de las diez y media y no tiene sentido ahora incurrir en costos de taxis u otros. Los pobres que se quedan y no se agüitan por la hora, responden de modo reactivo y gritan unidos: “Su mamá me trajo, su mamá me trajo”. Pero los ricos ya han tomado ventaja y continúan a coro, “su mamá es mi chacha, su mamá es mi chacha”, a lo que los pobres, un poco desencajados, alcanzan sólo a gritar, “su mamá es mi novia, su mamá es mi novia”.

Carlos Monsivais, el gran cronista de la cultura popular mexicana —no propiamente accesible en su estilo para la cultura popular mexicana—, en su texto Los rituales del caos, caracteriza el espectáculo como la gran representación de la Comedia Humana, y junto a ello, como “un rito de la pobreza, de los consuelos peleoneros dentro del Gran-Desconsuelo-que-es-la-Vida”. Cita luego a Roland Barthes, que lo define como “el espectáculo del exceso, la grandilocuencia que debió ser la del teatro antiguo”, en donde no importa lo genuino de la pasión sino sus imágenes. Según esto, nos dicen, la interioridad se vacía frente al poder de los signos exteriores y tal extenuación del contenido por la forma es su característica dominante, al punto de relegar el valor de la verdad y de la moral.

             Yo, glamuroso desde hace horas, puteando, chingando y joteando, y casi haciéndole pistolas a todos en redor, no quiero ni pensar en todas esas definiciones complejas. Eso sí, me parece que se da acá, como en el carnaval, pero cada martes, un sano movimiento de catarsis colectiva. Después de todo y finalmente, no hay lucha, pero no por ello falta de emoción, o competencia, o incluso de aparente vencedor.
             Ya es tarde, la gente ha salido y me he quedado solo. Es inevitable ahora, todavía arropado bajo ese manto de indiferenciación colectiva, pretender escuchar a un público enardecido que me diferencia y grita al unísono: “solo, solo, solo como pendejo”.

February 28, 2012

Nueve días



Sin escarmentar en mi ánimo cosmopolitan, pasé una temporada con la comunidad indígena de los huicholes, en San Andrés Cohamiata, en la Sierra del Gran Nayar, entre Nayarit y Jalisco. Nueve días con sus noches durmiendo en el suelo, con frío o mucho frío, exceso de polvo y viento, rodeado de gente que no quería hablar español, y atrapado en soliloquios corrientes. Entonces, en medio de esta aparente desolación, recordé —no muy bien la verdad, que el exceso de té verde ha dejado sus secuelas— la novela Nueve Noches, del carioca Bernardo Carvalho.  
              En esta, un narrador investiga el suicidio de un prometedor antropólogo gringo que vivió —creo— con la comunidad de los krahos en la Amazonía brasilera. El narrador investigador decide él mismo internarse con esta comunidad, o lo que queda de ella cuarenta años después, pero constata que sus impresiones no concuerdan con los imaginarios aprendidos. Nos dice —creo recordar— que las prácticas familiares de los krahos son incestuosas, sus danzas y ritos ridículos, la incomodidad reina sus vidas y su comida es asquerosa. No quiere que lo toquen, ni que le corten el pelo, o lo pinten con jenipapo, o lo hagan bailar y se rían de él, y finalmente, asume como hipótesis que la insufrible vida cotidiana de esta comunidad humana arrojó al pobre gringo hacia su propia muerte.
              Mi experiencia —creo—, fue diferente, y ciertamente en poco coincide con la lectora, pero que se me excuse el acomodo. Llegué directo a la casa de Juventino el maraakame —chamán, pagé, taita, abuelo, medicine-man—, quién ya entre sueños estaba anunciado de mi llegada. Él, encargado de perpetuar los saberes ancestrales de su comunidad, hablaba con dificultad el español y lo mismo ocurría con su grupo doméstico de 25 personas. Así entonces, obligado, y decidido, intenté abrir puertas de percepción no sólo mediadas por el lenguaje verbal, con la intención genuina de aprender de ellos.
Sin embargo, de su sincretismo religioso —una mezcla de los elementos sagrados: el maíz, el peyote y el venado, junto a un altar repleto de imágenes de la virgen de Guadalupe y alguna otra imagen del dios crucificado y sangrante—, no comprehendí mucho. Sin embargo, ante la afición infantil por cazar pajaritos a pedradas y luego amarrarlos de un cinto y agitarlos en el aire para que semejen volar, presencié, cual epifanía, el espíritu creador que subyace en la niñez —tal y como nos lo enseñara Zarathustra. De su compulsión por talar árboles percibí que preparaban una fiesta multitudinaria y necesitarían fuego permanente; y entendí también que traía yo demasiados discursos urbanos que difícilmente encontraban correlación en la práctica. Y de la socialización, noche tras noche, con la familia en pleno alrededor del fuego, hablando y sólo interrumpiendo para reírse, bajo el efecto mágico de las estrellas y la fuerza indefinible de todo lo viviente, intuí que extrañaba casi filialmente una conexión a internet. De otro lado, como hablaban y reían todo el tiempo, ejecutores de una felicidad ausente de vanidad, sorna o envidia, y asimismo de silencio, más de una vez tuve que huir, ya impaciente.
              El tiempo pasaba armónicamente. Cargué agua del riachuelo a la casa, los ayudé a traer un becerro a horas de camino y pretendí partir leña con ellos, aunque mis manos delicaditas no soportaron la percusión del hacha contra el roble y, tras diez minutos, de un solo tajo, ya tenían ampollas sangrantes que me inhabilitaban. Noche tras noche junto al fuego, sin embargo, disfruté del calor de esa leña que fui incapaz de cortar. Me preguntaron qué comían en mi tierra y les respondí que el mismo maíz con los mismos frijoles y arroces y papas y aguacates y se maravillaron con la torpe descripción de lo que sería una yuca. Luego, conmovidos, explotaron en algarabía con la imagen de un “verde de todos los colores”, y el relato de las lluvias sin tregua que han azotado mi tierra en los últimos años. No supe si su reacción fue de añoranza, o de auténtica ironía.
               Los días siguieron pasando, uno tras otro como se acostumbra, y llegando a mi último día, Juventino el maraakame me hizo entender con dificultad pero certitud la imposibilidad de tomar peyote: la toma que desde hace días habíamos acordado. Según parece se contaban varios casos de ‘gringos’ viajeros que habían terminado desnudos, saltando, gritando y persiguiendo versiones de gnomos que los invitaban a seguirlos en mitad de la noche. Nada, es de reconocer, ni a él ni a su familia, les aseguraba que mi caso pudiera ser diferente. Y yo, un hombre sin entrenamiento en las altas lides espirituales ni recorrido en los caminos de la sabiduría ancestral, no pude mas que resentirme, dudar de Juventino y sus dotes y por extensión de su familia en pleno y su aparente felicidad: me llené de orgullo, vanidad, ira, y me prometí vengarme.
              La última noche, ante algunas preguntas suyas sobre mi ciudad  —mi mundo—, les di información de más sobre drogadicción, prostitución y delincuencia: bazuco, pegante, crystal meth; niños y niñas y animales domésticos; sicariato, extorsión, estupro. Sin dar tregua a sus bocas atónitas, y a sus miradas pávidas, pasé a confrontar su extraño sincretismo y pregunté que si entre ellos también era natural el matrimonio entre personas del mismo sexo, o que un hijo tuviera dos papás, o dos mamás; o que si no tenían algún pariente o amigo que hubiera nacido con el género equivocado y lo hubiera corregido, y pasé a darles algunos ejemplos de amigos y familiares. Boquiabiertos los más viejos, risueños pero acallados los más jóvenes, les di las buenas noches, hice la reverencia ante el fuego sagrado, y me fui a dormir. O mejor dicho, fui a mi tienda y solitario, sin miramientos ni culpas, me comí un paquete entero, gigante, de galletas de chocolate.

El ánimo es cambiante, sin embargo, y el orgullo pasajero: inermes frente a un mensaje contundente, inermes frente al canto. Y para que no quede duda, y para que lo entiendan ustedes también, damas y caballeros, leidis an gentlemans, ukichi eku ukari, desde San Andrés Cohamiata, en un día seco y frío como tantos, un día más y un día menos, que no importa, con ustedes, Lupe y Juventino:

                 

January 27, 2012

Desde el subsuelo

Soy un hombre enfermo. Soy un hombre despreciable. Soy un hombre de escaso atractivo físico. Pero me rehúso, desde el fondo de mi escasa voluntad, a visitar un doctor o tomar algún medicamento. Después de todo, aborrezco sin consideración ni matices el aparato de la salud en conjunto y, para mayor perjuicio, estoy enfermo pero de resentimiento.

Memorias del subsuelo, novela “adolescente” de Dostoyevski, cual drama griego en tiempos clásicos, ocasionó en mí un auténtico proceso de catarsis, o qué digo, de empatía. El texto despertó un resentimiento que sólo había venido destilándose desde hace años pero de a goticas. Y, aun después de tan fructífera lectura, no creo haber acumulado al menos un trago completo de su hiel.
             Como sea, pensé en los compañeritos de colegio en mi niñez que me hicieron sentir bruto, pobre y débil —sí, vos, Natalia hija de la chingada—; recordé aquellos del bachillerato y que se pavoneaban ruidosamente con sus estupideces —me prometí que no te escaparías, Naranjo maricón—; me exalté con el eco de los comentarios, ya en la facultad, de todos esos homúnculos care seminaristas y de inteligencia superior a la de un mosquito —ni merecen mención acá, filosofastros de la mierda. Iracundo, a este punto decidí sosegarme un poco y me preparé una agüita de manzanilla con hojas de apio, según dicen muy buena para los nervios y la presión. Quise traer recuerdos de arcoíris iridiscentes y aureolas boreales inimaginadas pero, finalmente, ya era tarde.

             Recobré mi rabia por los gringos inflados, por los commonwealths solapados, por los europeos hipócritas —todos en conjunto desde las Azores hasta los Urales—, por la plaga sin alma que son los chinos y, cómo no, por el insufrible potpurrí que es la raza cósmica latinoamericana. En esas evoqué a mi Medellín, ciudad frívola y superflua, empecinada en sus cirugías estéticas mientras se pudre y hiede en su interior. Recordé a mi padre, a mi madre, a mis hermanos, a mis tíos, a mis primos, a los amigos de mis padres, a mis mejores amigos que no contestan emails y a los que los contestan con condescendencia; a las chicas que me dejaron plantado, a las que dejé, a mi novia, a mis profesores, a mis jefes, a mis alumnos, a mis vecinos, y en el recuerdo de todos, me regodeé a plenitud despreciándolos.

Nuestro decadente siglo XXI, agónico desde su nacimiento, no da para más. ¡Y cuánto detesto esas voces optimistas que todavía tienen fe en el progreso, o en la ciencia, o en la religión o en el arte! Así, vivo mi vida desde el encierro del viaje, aislado en un rincón cambiante, alimentándome con el consuelo inútil de que un hombre inteligente no puede llegar a ser nada con seriedad, y que sólo los imbéciles se convierten en algo.
             Y que conste, entre paréntesis, que antes del pendejo de Paul de Man, y como si tuviera alguna relevancia esta discusión, ya Dostoievsky nos decía que una autobiografía veraz es casi una imposibilidad, y que un hombre está necesariamente inclinado a mentir sobre sí.