Fue en un martes radiante de finales de julio. Yo iba a su casa por primera vez en muchísimos años, y él, luego de brindarme con una mazamorra helada con panela —“Ay de los que disfruten de tales goces, pues para ellos está destinado el verdadero reino del Señor”—, comenzó a exhibirme sus últimas adquisiciones literarias, teóricas, y cinematográficas.
Tenía, entre ellas, el Libro verde de Gadafi junto a una colección de poemas de Cavafis —lo juro—; un pequeño texto de George Simmel sobre las sociedades secretas, ideal para justificar o sosegar el conspirómetro interno; y un documental sobre Garganta profunda —aquel clásico setentero—, en que su protagonista femenino, Lynda Lovelace, narraba sus historias ahora ligadas a la práctica evangélica, o adventista del Séptimo Día, o rosacruzana y su activismo antipornográfico, y su protagonista masculino, Harry Reems, en que años después, frustrado ante la imposibilidad de ser tomado en serio por la academia —la cinematográfica, especifico—, se suicidó. ¿O fue Reems el testigo de Jehova y Lovelace la asesina en serie? No importa.
Lo que importa es que tomé al azar —o loco, fortuito, indescifrable, intrincado o laberíntico destino— este libro de cómics en mis manos y fue como una revelación. Sólo con abrir sus páginas, ligeramente, ventilándome luego un poco la cara, sentí el aire común que rolaba entre nosotros, la “química”, y me lo llevé. Creo que Bethu me lo regaló, y si no, al menos por esos días, el libro me pertenecía más a mí.
Decidí entonces salir de allí presuroso e ir al encuentro de aquella gringa abundante que se hospedaba en el cuarto del lado en mi pensión barata. En repetidas ocasiones habíamos intercambiado diálogos insinuantes y miradas furtivas entre los resquicios y bordes de nuestros computadores mientras descansábamos en el hall. Había llegado la hora y allí estaba ella, aparentemente desprevenida, pero dispuesta. ¡Había llegado la hora! —me repetí luego victorioso—, y, ya a oscuras en mi habitación, me desnudé, di libre rueda a mi pudor, me deslicé entre las sábanas, encendí aquella pequeña y tenue lamparita en forma de vela, vestí mis gafas de protección y me lo devoré.
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